Cazadores y Trincheras. «Sonora»

De Hermosillo a la Ruta del Destino

Me despido de Hermosillo con el eco de sus calles y cerros aún vibrando en mi mente.

Caminamos su historia, nos empapamos de su esencia y como siempre, el viaje sigue.

Dejamos atrás la capital sonorense y avanzamos hacia los campos donde la uva se convierte en pasa. La Victoria, San Pedro, El Saucito y Pesqueira quedan a la espalda, mientras la ruta se estira frente a nosotros.

Unos kilómetros antes de Carbó (Sonora), al cruzar las vías del tren, una camioneta se detiene de golpe. —¡Hey, Jerson! ¿Qué haces acá? ¡Ya te perdiste! Eran cuatro cazadores en su Trocona como le dicen por acá a las camionetas con cuidados artesanales, rostros curtidos por el sol y la vida del monte.

Uno de ellos ya sabía de mi paso por Sonora. Bajaron con las manos llenas, sacando de sus bolsillos pequeños milagros: agua fría, comida y hasta golosinas de esas que despiertan sonrisas.

Un par de minutos antes había pensado: qué rico sería un trago de agua fría en este infierno. Y ahí estaban ellos, como si el desierto les hubiera susurrado mi deseo.

Me señalaron la ruta más segura para llegar a Benjamín Hill antes de que la tarde cayera. Avancé casi a paso fugaz, con Santa Ana como próximo destino. Desde la primera calle, algo me llamaba a entrar y sin dudarlo, obedecí. En la colonia Kennedy encontré los primeros amigos del camino, entre risas y relatos, compartimos una bebida y una cena generosa. «El Chavalón» me ofreció refugio ante la inminente lluvia. Le di las gracias, pero más que el techo, me quedé con la calidez de su hospitalidad.

La noche transcurrió entre historias y anécdotas de viaje, con un tema recurrente: Magdalena de Kino. Me hablaron de su magia, de relatos que parecían fuera de la realidad. Y sin pensarlo dos veces, al amanecer ya estaba pedaleando hacia allá.

Magdalena de Kino me recibió con el aroma a pan recién horneado y la historia latiendo en sus calles.

Visitamos la Capilla de San Francisco, la Cripta del Padre Kino, la Plaza de Fátima y al caer la noche, un puente iluminado nos regaló su espectáculo. Con el canto del gallo, retomamos la ruta hacia el Viejo Santa Ana, tomando un camino de terracería que nos llevó hasta Los Fresnos y Trincheras. Ahí el museo nos susurró historias de un pasado que aún se siente en el aire.

La ruta sigue y el horizonte nos llama. Con Tijuana en la mira, nos preparamos para la siguiente gran travesía: el viaje hacia Argentina.

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